Por Silvia Piancatelli*

Quienes no vivieron violencia no la entienden. No comprenden lo que siente una persona que sí la vive o la vivió. No la ven como tal. Piensan que se trata sólo de desavenencias matrimoniales, pero está muy lejos de serlo.

Tampoco se imaginan cómo queda su ser interior y cuánto tiempo lleva la restauración de su alma.

En ese punto me detengo.

Dios me libró de caer en abismos mayores. Llegó un momento en mi vida en que sentí Su mano tomar la mía y guiarme hacia la salida. Aunque esa salida no sería fácil y llevaría gran parte de mi vida.

Dice la Palabra de Dios en Eclesiastés que “Dios restaura lo que pasó”. Esa fue una de las primeras promesas personales que recibí, que creí y de la cual me tomé.

Hace poco, hablando con una amiga, recordando algo de nuestras vidas, ella dijo que eran simples desavenencias matrimoniales que todos pasamos. Su comentario me llevó a la reflexión.

Solo yo sé lo que viví, cómo lo viví y de qué manera mi alma había sido fragmentada. Cuánto fueron el dolor, la impotencia, el miedo, la falta de amor y la falta de identidad propia que gobernaron mi destino por muchos años.

No fue así –le dije –. Yo viví violencia.

Las dos nos callamos, aunque sospecho que ella no quedó convencida. Quizás porque su vida fue totalmente diferente.

Cuando alguien que sufrió o sufre lo mismo que yo, se para delante de mí, sé cómo está su interior: cuánta incredulidad hay en su alma; cuánta paz y amor le hacen falta.

Es el poder sobrenatural de Dios el que puede abrir un círculo tan cerrado y hermético como infranqueable. A veces lo hará de manera directa, pero otras, será a través de profesionales especializados en el tema.

A veces, la persona necesita un abrazo y ser escuchada. Otras, una palabra. En todos los casos, oración.

 

*Silvia participó del servicio de atención a mujeres en situación de violencia.