* Por la Lic. Eliana Macchi

Cuando pienso en lo que hacemos los psicólogos en un consultorio, se me impone la idea de que, definitivamente, jugamos. ¡Sí, jugamos! Así como se lee.

Desde la perspectiva que propongo, el juego no está circunscripto a una actividad “de niños”. En primer lugar, jugar no es meramente una actividad: cuando los adultos hablan en las consultas, también juegan. Esto quiere decir que el juego con niños en el consultorio no sustituye a la palabra en el adulto, de manera que la dicotomía “los adultos hablan y los niños juegan” se rompe. Es curioso que los adultos no adviertan que cuando hablan sin reservas en la consulta, están jugando. Por eso es necesario que el psicólogo también sepa jugar, y lo haga. En esto consiste la escucha. Y, en todo caso, son los niños los que mejor nos enseñan sobre el jugar.

Cuando jugamos, generamos un espacio y un tiempo nuevos: creamos nuevos mundos. Y, en definitiva, eso nos proponemos y, en consecuencia, hacemos los psicólogos. Cuando los niños nos dicen “un ratito más…”, dan cuenta de que no se preocupan por los relojes de los adultos que en algún momento marcaron que la hora de sesión comenzó y que ahora llega a su fin. Por otro lado, los adultos nos dicen “bueno, te cuento esto y terminamos”, mientras observan el reloj para ver cuánto falta para que termine la sesión (aunque, por lo general, se quedan media hora más). Es que cuando el juego se produce, la sesión se olvida de las leyes del cronos (por eso es que hay sesiones de diez minutos y otras de una hora y media).

Cuando jugamos, perdemos de vista quiénes somos y nos animamos a descubrir otras recónditas marcas o huellas que nos habitan ¡Vaya qué sorpresa! Entonces escuchamos: “¡Mirá de lo que terminamos hablando!”. Encontrar y ubicar estas marcas posibilita que construyamos la escena en la que aconteció. Allí se atesora el infinito poder de creación que nos habita a todos: niños, adultos, ancianos consultantes, no consultantes, ¡Y psicólogos!. En este sentido, uno suele escuchar, sobre todo en la clínica con niños, que estos en los juegos reproducen lo que viven en la casa, en la escuela o en otros ámbitos. Es muy común cuando observamos que hacen estallar en accidentes a dos o más autos, cuando dos o más muñecos se pelean, se pegan o discuten entre sí, escuchar que el niño “está reproduciendo lo que…”, sobre todo cuando sabemos que tales niños sufren violencia familiar. Y muchas veces, el profesional que atiende intenta cortar con estas escenas. He aquí la observación de que, efectivamente, lo que el niño está haciendo es creando. Está armando su versión, su propia experiencia de las marcas que tales situaciones fueron dejando. Por eso es que jugar necesita de un espacio y de un tiempo, y es absolutamente necesario no privar al niño de la construcción, de armar su propia versión de lo que está vivenciando, pues estos serán los insumos para crear, a su vez, la intervención más adecuada. Es fundamental observar su interacción con lo que hace, para comprender cómo se ubicará en la escena que está armando.

En el juego nos servimos de la construcción de nuestra posición, cómo nos pararemos frente a lo que contamos, a lo que sea que estemos jugando. En este punto, en el que inauguramos nuestra posición ante los hechos construidos, niños y adultos convergemos. Después de todo, no somos tan adultos como creíamos o quisieron hacernos creer.